Agatita, está linda la mar. Despierta el color cenizo del acero gris. Una mano en blanco. Una mano en negro. Proporciones infinitas sin atractivo, como un nublado. Un petigrís lo roe, ¡hace un gris! En la memoria grises corriendo. ¿Uniforme gris? Gris oscuro. ¿Marengo? No, gris claro, perla gris. Agatita te voy a contar un cuento. Ámbar gris, olor perfumado a ballena de mar. ¿Quién piensa en la oscuridad? Cerebro marengo, consejero decisivo, eminencia gris bañada en plata, en plata gris con olor a azufre. Y una gentil princesita, tan bonita, tan bonita como tú, Agatita. Miles de células nerviosas, edificio medular pintado en gris, sustancia del pensamiento encefálico que mezcla el blanco y el negro hasta el infinito casi negro. ¿Marengo? No, perla gris, Agatita.

La sumisión a un sistema uniformado en gris es el final del potencial creativo. Ágata se sienta y me dice: Yo te lo explico


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Una vez abierto mi corazón en canal, ya sólo quedaba una cosa, lo ponía en la etiqueta pegada a mi brazo derecho, conservar en frío una vez abierto.

Raudo, abrí la puerta del frigorífico, me coloqué en la balda más próxima al congelador y con la ayuda de un trozo de perejil cerré la puerta. Eché un vistazo alrededor como el que visita una obra de la calle. Queso de cabra, media cebolla descolorida, un limón moribundo a medio exprimir, un plátano llego de pecas, un cogollo de lechuga lacio, media docena de yogures sin vida, tres o cuatro huevos morenos en situación de alerta y con el código de barras visible. Categoría cero. Al menos sus madres tenían mejor vida.

Empezaba a notarse un poco de frescor y se oía ruido. Mucho ruido. El compresor trabajaba al máximo para poder mantener la temperatura de consigna. Cerré los ojos, recosté la cabeza sobre un tomate huérfano que había a mi lado y me sumí en un profundo viaje. Regresé a mi cuarta reencarnación, el día en que renací siendo ella, siendo crema de almendras. Era fuerte y contundente, pero muy dulce. Eran tiempos extraños y convulsos. Podíamos ser desterradas por el simple hecho de pensar en endulzar un café, encarceladas y apaleadas por hablar con un café, e incluso, ajusticiadas por enaltecimiento de nuestra sensualidad dulce. Recuerdo que fue un tiempo de peticiones; colgábamos nuestras etiquetas sobre las ramas de los árboles y aporreábamos nuestras tapa-cabezas a ritmo como forma de discrepancia. Fueron días en lo que se forjó la leyenda, El Futuro.

El chasquear de las pinzas de los cangrejos que debajo de mí intentaban no quedarse dormidos para evitar una muerte segura, me trajeron de vuelta. Renovado, fresco y renovado. Aparté las cebolletas, saqué de mi nariz una maldita punta de zanahoria y mientras abría la puerta del frigorífico me dio tiempo a salvar la vida a un trozo rancio de mantequilla que caía al vacío.

Sin perder un segundo en cerrar la puerta del frigo, corrí como pollo sin cabeza, y juro que no era por menospreciar o burlarme del sujeto que vivía, dicho esto con todo reparo, en la segunda balda, sino para evidenciar la premura que tenía en abrazarla fuertemente. Ya no me dolía el pecho.

Mis tres niñas son el corazón cosido a mi cuerpo, auténtica etiqueta de calidad


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Quise ser ajo, pero me picaba mucho el corazón.

Probé a ser cebolla. Un chasco, me lastimaba el que a mi lado el resto llorase.

Pasé algunas temporadas jugoso como un tomate, otras turgente como una lechuga y unas pocas tieso como un pepino. Aquí me encontraba cómodo, lástima que repetía como un demonio. Lo dejé.

Intenté ser blandito como un queso de burgos. Se convirtió en una fantasía frustrada. Pasé la mayor parte del tiempo roto o caducado, abandonado en una esquina de la nevera con un frío que pela.

Sin ánimos, probé con las formas líquidas. Error. Al ser aceite me volví escurridizo, y asumir que era vinagre me costó un triunfo. Mi carácter se agrio superlativo.

Para finalizar, creí que la sal era el Grial de la vida y recorrí un largo y tortuoso camino de urticarias.

Y te preguntarás: ¿a que viene todo esto? La proporción de la mezcla y el resultado final lo dejo en tus manos.

"Hay que pasar por un sinfín de realidades para ser una buena ensalada"


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Hola Blanca, te escribo pasados cuatrocientos veintinueve días para saber de ti, de cómo te va, de la sensación de descanso que sobre tu cuerpo aflora pasado el tiempo sin ser taladrada o arañada por legiones de hormigas cargadas de ideas, pensamientos efímeros e intrascendentes. Y pueden parecer muy pesados para unos seres tan diminutos, pero no. Algunos tipos de heminópteros son capaces de levantar cien veces más de su peso, equivalente a que un ser humano levantase con la boca ocho toneladas. Reflexivo. El tamaño importa. Cuanto más pequeña la hormiga, mejor relación masa-fuerza se le otorga. Cuanto más pequeño el pensamiento, cuanto más ínfimo, más fuerza de expresión. Una explosión de ocho toneladas, un mínimo Megatón para una mínima idea que puede llegar a ser un trueno nuclear. Es hora de activar la carga, de llamar a las hordas de hormigas para que, poco a poco, gramo a gramo, exploten sobre tu espalda, Blanca. Ahora, con fuerzas renovadas, podrá volver a contarme que se siente, necesito saber si valió la pena la moratoria nuclear.


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Busca y lo encontrarás. Seguro. De venta en todos los establecimientos del planeta tierra. El mejor juguete para tus hijos. El mejor juguete para tus padres. El mejor juguete para todos y cada uno de tus familiares y amigos. Incluso, el mejor juguete para ti. Sin límite de edad. Diseñado para todos y cada uno de nosotros, a medida. Con este juguete venido de los confines del pasado, inventado y desarrollado por los mejores hacedores de historias, podrás reír, llorar, correr, bailar y viajar, entre otras miles de actividades. Lo mejor, no necesita pilas. Lo bueno, altamente mutagénico y adictivo. Se han documentado casos que después de elevadas dosis de juego, algunos sujetos han mutado a hacedores de historias. Lo raro, que no encuentres el producto y lo peor….. no se han documentado intolerancias.

La próxima vez que no sepas que regalar, no desesperes, este juguete superará con creces todas tus expectativas.

¡Regala Cultura! ¡Regala independencia!

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El mejor juguete a regalar


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He muerto, y he tenido la fortuna de morir próxima en el tiempo a Carrie Fisher. Este hecho me deja apartada del bullicio de los reconocimientos y los sensibleros agradecimientos y recuerdos. Se de buena tinta que no se puede comparar el mundo de la materia oscura, aunque constituye un cuarto del Universo, con el lado oscuro de la fuerza que, también se de buena tinta, conforma cientos de miles de espíritus seguidores. No seré yo la quiera comparar vidas y transcendencias, pero el nacer mujer e intentar, primero estudiar y luego reconocimiento en el mundo de la astronomía, era harto difícil. Ya sabéis, y si no os lo cuento, que intenté el ingreso en Princeton para cursar los estudios de postgrado en astronomía, cosa que fue imposible de realizar, existía una prohibición para las mujeres. Eran tiempos complicados y me imagino que para Carrie serían igual de difíciles. Ya lo he repetido varias veces a lo largo de mi vida pero lo vuelvo a repetir, la fama es fugaz. Y no vale de mucho haber estudiado alrededor de doscientas galaxias o haber desvelado parte del secreto de la materia oscura, cuando el lado oscuro nos invade y nos ciega. Sólo espero que por lo menos alguien, por insignificante que sea el mundo de la astronomía, recuerde que en nuestro maravilloso Universo de luz existe un asteroide que se llama 5726 Rubin. Descansemos.

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Distribución calculada de la materia oscura

Distribución calculada de la materia oscura


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Publicado por JsJFrog @ 9:13  | Escritura votar
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No hace mucho tiempo, en un frío día de invierno, esos en que la luz escasea y toda actividad humana se realiza bajo la difusa luz de los fluorescentes, conocí al contador de patatas.

Era un tipo extraño, silencioso hacia el exterior y bastante huraño. Portaba una radio que unía a sus oídos mediante unos vetustos auriculares, hecho que me hizo visualizar a un bebé recién nacido unido a su madre por el cordón umbilical. Creo que ambos casos tenían la misma función protectora. Su apariencia era inquietante. Sus ropas se podrían denominar “vintage”, aunque descarto su revalorización con el paso del tiempo. En realidad era ropa muy vieja, raída y con un acumulado olor a soledad. Sobre fondo blanco, agujeros de todo tamaño que dejaban, entre medias, paso a grandes manchas de todo tipo y color. El poco blanco que subsistía contrastaba con los zapatos, que al paso del tiempo, lucían un apagado negro sucio. La fotografía se completaba con un pelo canoso largo, algo sucio y bastante lioso, agarrado sin nada de gracia, a una goma para formar un pequeño moño. Su cara tampoco se libraba de pelo largo y enmarañado que dibujaba una barba descuidada que resguardaba, aún más, su intimidad o su dolor.

Me senté a su lado, debía explicarme en qué consistía el trabajo, ese que me dijeron que era básicamente el contar patatas, aunque también se trataba de evaluar sus medidas y su calidad a la vista de un hipotético consumidor. Sabía de la existencia de trabajos extraños, pero este me resultaba de lo más extraterrestre. Pensándolo bien, creo que era el trabajo idóneo para la persona ideal. Me planteé si yo sería capaz de ser esa persona ideal. Sin mediar palabra, se levantó y despareció a mi vista. A los pocos segundo apareció con una bolsa de plástico llena de patatas, cortadas en tiras y ultracongeladas. Pesó la bolsa y anotó el peso en una hoja de papel que tenía al lado. Rompió uno de los extremos y derramó el total de las patatas sobre una bandeja de plástico que tenía ya incorporadas grandes cantidades de grasa. Este hecho dio paso a múltiples hechos más, paso a paso, de forma robótica, para llegar a completar la hoja con una veintena de datos. Una reacción en cadena que se desdibujó en el tiempo al igual que el movimiento constante de su cuerpo y sus pies al ritmo de la música que oía.

No me importó que no se dirigiese a mí en ningún momento, ni siquiera para preguntar por mi nombre. Hoy, el primer día de un largo invierno, sentado en el sillón de un melancólico despacho, recuerdo aquel extraño pero digno personaje ensimismado en su contador analógico y ataviado con unos viejos auriculares que le unían a la soledad de un contador de patatas.

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El mecanismo

La canción


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Publicado por JsJFrog @ 12:06  | Escritura votar
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