Invierno de 2010, decidido a buscarme indago por los callejones de la ciudad. Pertrechado con una fotografía de mi rostro desconocido en el bolsillo trasero de mi pantalón, salgo a patear las calles. El cometido se convierte en epopeya.

Miércoles, 10 de febrero

¡Vaya!, un día de niebla y frio. No importa, decido seguir pateando las calles en mi epopeya. Plantado en la acera ante un luminoso recuerdo esa cafetería. ¿Es posible que alguien conozca el rostro desconocido de la fotografía? Abro la puerta del bar, algunas personas giran su cabeza para mirar quién es el que entra, pero rápidamente vuelven a la conversación cortada por mi entrada. Echo mano al bolsillo trasero del pantalón y cuando rozaba los bordes de la fotografía clavo mis ojos en ella, la camarera. Mientras me dirijo hacia ella saco la mano del bolsillo y me fijo en su pelo negro liso, media melena cogida en una coleta por una goma imperceptible, ojos grandes muy negros y piel blanca ausente de coloretes sobre la que deslumbran unos labios rojo intenso. Un café descafeinado de máquina con leche en vaso. La leche bien caliente. ¡Maldita hipertensión! Mis ojos no pueden parar de recorrer el cuerpo de la camarera. Camisa negra con el logotipo de un pollo y pantalones color kaki. Realmente eso me importa una mierda. Lo que realmente me importa son los pechos que se insinúan como queriendo salir de la camisa, pequeños pero muy redondos. ¡Me excita! Lo siento Carlos, he conocido gente que se tiene que pinchar hasta ocho veces al día, pero no importa Carlos de esta sales seguro. A tu hijo no le pasará nada siempre y cuando sienta el cariño de su familia. Lo preocupante, Carlos, es la disminución del margen de producción que soporta nuestra empresa. Ah, eso sí Carlos, vamos a darnos con un canto en los dientes que por lo menos, tal y como están las cosas, tenemos trabajo, Carlos. Por un momento mi mente evoca el recuerdo de mi abuelo. Cincuenta años trabajando de sol a sol, pasar por una apoplejía a la que le gano la partida y acabar muriendo tras jubilarse por un cáncer hijo de puta, Carlos. Miro los pantalones kaki y me imagino su cuerpo desnudo, más, me imagino follando con ella sobre la barra del bar. Sacarina por favor, señorita. ¿Qué le doy por una pulguita y una cerveza? 2,50. Perdona. Ah, perdona tú, pulguita y cerveza 2,30. Aquí tienes, gracias. Vale. Excitado fijo mi mirada en sus ojos, mentira, los fijo en sus pechos primero y luego en sus ojos. He sacado la fotografía del bolsillo de atrás de mi pantalón y la hago una seña para que la mire. Sé que sabe algo porque sus labios se humedecen, pero no suelta prenda. Menos mal que no me ha dicho nada sobre el “pay-per-information”. Desisto. Vuelvo la fotografía a su sitio y miro a la camarera mientras me marcho andando hacia atrás para no perder sus preciosos pechos. Los acordes de un jazz suenan de mano de una agónica trompeta mientras mi imaginación vuela por última vez. La habría besado al despedirme de no ser porque soy un gallina. Adiós Carlos, que no sea nada lo de tu niño. De nuevo en la calle, la niebla no me deja ver el luminoso, no me deja ver nada. Otro día sin encontrar mi rostro desconocido de la fotografía.


Tags: El arte de encontrarse, Creativo

Publicado por JsJFrog @ 16:11  | Escritura votar
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