Invierno de 2010, decidido a buscarme indago por los callejones de la ciudad. Pertrechado con una fotografía de mi rostro desconocido en el bolsillo trasero de mi pantalón, salgo a patear las calles. El cometido se convierte en epopeya.

Martes, 16 de febrero

Días de lluvia. Hoy salgo a buscar. Compruebo que tengo la fotografía de mi rostro desconocido en el bolsillo trasero del pantalón. Efectivamente. Plantado delante de la motocicleta una gota de agua recorren mi cuello. Dos, tres, diez, mil, diez mil. Otra tormenta, otro claro, otra tormenta, más luz. Asoma el sol. Diez mil gotas más, chaparrón. Insisto, me voy en motocicleta. Calle arriba cientos de personas agolpadas, banderolas en las manos. Mal día, lluvias intensas junto a cólera intensa. Se masca. ¿Una mosca? No, el batir de alas de un helicóptero de la policía. ¿O será el helicóptero de Telemadrid? Diez mil manifestantes calle abajo desde Cibeles, dicen fuentes alejadas de la realidad. Perdone, señor agente de movilidad de la Excelentísima Villa de Madrid, cuervos. ¿Puedo pasar a esa calle que no ha forma de entrar desde ningún sitio dado que han vallado todo sin darse cuenta que cortaban integra la calle? ¡Perdona! No, que le preguntaba si ha visto por algún lado mi rostro desconocido de la fotografía que le he ensañado. No puede usted pasar con la motocicleta. Ya, pero es que no hay forma de pasar a la calle. No, no he visto nada ni nadie parecido al rostro desconocido que me ha mostrado. Le repito que necesito pasar y que han cortado todo. Bueno, haciendo una excepción puede usted pasar. No arranque la motocicleta y baje la calle andando junto a ella, pero en ningún caso llegue a Cibeles. Gracias. Le beso el anillo. Me lavo la boca en un bar a base de café con leche mientras hago tiempo. Saco la fotografía del bolsillo trasero del pantalón. Le pregunto a la camarera por los baños, me meo mucho y no soy capaz de pensar. ¿Dónde está la luz? Automática. Ahora es todo automático para evitar que cuando salgas, como ocurre en el noventa y cinco por ciento de los casos, toques con las manos después de haberte tocado la polla y no habértelas lavado. ¿Ha visto mi rostro desconocido de la fotografía? La leche caliente. Si, gracias. Pago un euro con treinta céntimos. Ahora voy entendiendo que hace tanta gente en la calle con banderolas. Sorbo el café lentamente mientras pienso en mi nuevo corto algo como: sus ojos eran preciosos y sus labios. Que decir, tenían que ser míos. Empecé a buscar encuentros por los pasillos de la empresa. Al final terminamos tomando una copa. Me confesó que era un hombre. ¡Qué más da! Fue un único beso, pero inolvidable. Orgulloso. La camarera me mira, lo siento hoy no estoy para ti. De piel oscura, me mira con ojos tristes. Puedo leer en las arrugas de su frente que ha muerto Orlando Zapata. Cubano, albañil, negro, humilde y sobre todo desobediente. Miro el calendario, por un momento he pensado que no era el siglo XXI. ¿Morir por ser desobediente? Ochenta y cuatro días en huelga de hambre. Hombres con banderolas e imposible bajar a Cibeles. Me viene a la cabeza el cuento más corto del mundo hasta el 2005 atribuido a Augusto Monterroso “El Dinosaurio” que dice: Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. Más tarde puso su grano de arena Luis Felipe Lomelí con “El Emigrante” que dice: -¿Olvida usted algo? - ¡Ojalá! Micro-relatos, cuentos breves, microfiction, sudden fiction o flash fiction. Vida breve, cuarenta y dos años, ciencia ficción. Mi cuento breve para Orlando dice: ¡Desobediente!, ochenta y cuatro días de muerte. Guardo la fotografía, no tengo ganas de seguir buscando. Terminó mi café y no me despido de la camarera. Abatido. Otro día sin encontrar mi rostro desconocido de la fotografía.


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Invierno de 2010, decidido a buscarme indago por los callejones de la ciudad. Pertrechado con una fotografía de mi rostro desconocido en el bolsillo trasero de mi pantalón, salgo a patear las calles. El cometido se convierte en epopeya.

Lunes, 15 de febrero

Abro las cortinas del comedor y miro a través de la ventana. Aplico el primer concepto básico de la meditación. Observo lo que veo sin juzgar nada. Llueve, frio y un aire de pelotas, pero no lo cuestiono, no me parece ni bien ni mal, sólo es una observación. Un tipo con paraguas, una mujer con paso ligero intenta resguardar su bolso aunque su espalda queda fuera y se está poniendo perdida de agua. Se nubla la vista, me aburro. Quiero salir, necesito salir a buscar mi rostro desconocido de la fotografía. Me encamino hacia el metro abrigado hasta los pelos de las orejas. Bajo las escaleras mecánicas de tres en tres. Para que tanta prisa, ni me lo cuestiono. Sigo de alguna forma meditando. Miro a la máquina expendedora de billetes, le enseño la fotografía. No, no pienso venderme a las máquinas. Bastante vendido estamos a los políticos y a las marcas, por no decir a los empresarios, como para vender mis súplicas a las máquinas. Me dirijo a la taquillera, o no, taquillero. Qué pena, me hubiese gustado imaginármela desnuda. Saco la fotografía de mi rostro desconocido y se la enseño. Me contesta seco: los billetes de tarifa antigua se cambian en la máquina. ¿Defecto de comunicación, mecánica del funcionario…? ¡A quién le importa! Nos gustas vivir arrodillados. Saco los cascos y pongo en el MP3 a Malu a un volumen ultrabajo. Quiero que me susurre al oído por qué le conoce desde siempre, por qué estaba en su mente y en su alma, quiero que me susurre su deseo mientras sigo observando. Parado en el andén, sin mover ni un musculo giro a diestro y siniestro la cabeza. Una mara de chavales se agita. Nos han querido pegar un “pokeros”. Ni entiendo ni creo que sea el momento de indagar en las bandas urbanas que agitan la ciudad. Corren de un lado a otro como pollos a los que se les ha cortado la cabeza. Buscan, husmean entre la muchedumbre del andén, buscan pero sin querer ver realmente. El metro para ante mí, se abren las puertas y entro despacio. Siempre he pensado que cuando voy en el metro un asiento tiene mi nombre y tarde o temprano lo encuentro. Los dos primeros intentos fallidos, la vieja me lo ha quitado por la mano y el chaval ágil, bregado en mil batallas por un asiento me quita la segunda oportunidad. Me resigno. Gritos. Una decena de personas se levantan de los asientos como si hubiese alarma de bomba. Ya lo decía, siempre hay un asiento con mi nombre. Me siento mientras oigo de nuevo los gritos, esta vez más cerca. Te rajo la cara, mierda, que eres un mierda. Me cago en tu puta madre. Yo me cago en todos tus muertos. Ven aquí y dímelo. Chavales corriendo, entrando y saliendo del vagón. Pelea por los suelos del andén. Una señora mayor sale despavorida por la puerta mientras tira del freno de emergencia del vagón. Más tiempo para la revolución. ¿Alguien conoce mi rostro desconocido de la fotografía? Pregunto. La gente está paralizada, los asientos han quedado vacíos y los que no, se encuentran en meditación, sólo observan sin juzgar, sin sentir, sin vivir. El miedo, siempre el miedo. El miedo a perder el trabajo, el miedo a que te roben, el miedo a volar, el miedo a morir, el miedo a amar, el miedo a ser lo que cada uno es. Hijos de puta, cabrones, niñatos de mierda. Dice el más alto ataviado con pendientes de brillantes en las orejas. Los otros dos le contestan en árabe. Increíble. No somos capaces de entendernos para las buenas causas, pero para las guerras estamos dispuestos a entender hebreo, hacer pasaportes falsos a falsos personajes e incluso arrodillarnos ante la jerarquía de la iglesia. El MP3 ha dejado de sonar, nadie me susurra al oído, la vista se empieza a nublar. Llueve, frio y hace un aire de pelotas. A través de la ventana veo las gotas caer. Me aburro. Cierro las cortinas. Otro día sin encontrar mi rostro desconocido de la fotografía.


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Publicado por JsJFrog @ 13:26  | Escritura votar
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Invierno de 2010, decidido a buscarme indago por los callejones de la ciudad. Pertrechado con una fotografía de mi rostro desconocido en el bolsillo trasero de mi pantalón, salgo a patear las calles. El cometido se convierte en epopeya.

Sábado, 13 de febrero

Las nubes grises no me dejan ver el sol. Sí, hace frio. Sentado en el bordillo de la acera quemo un poco de hachís para fumar. Estoy decidiendo si hoy busco o no. De momento observo. Ni gota de aire, perdón Jesús de viento, pero hace frio. Un autobús azul con todas la ventanas traseras pintadas con grafitis . Veinte lo menos. Tres mil euros por veinte, sesenta mil euros. ¡Suerte Señora Botella! Hoy va a tener para comer y regalarle un nuevo dedo corazón a su marido, ayer lo desgastó. Coche de Securitas a toda pastilla. Una grúa de ciento diez años acarreando un coche de ciento veinte. Siento mariposas en el estomago. La misma grúa acarreando un coche de dos años. Otra caladita. Bliss de Muse en los cascos y la fotografía de mi rostro desconocido en el bolsillo trasero del pantalón. ¡A quién le importa ahora, no pienso buscar, o sí! Un señor con corbata azul metálica a juego con su coche nuevo un mini azul metálico. Nubes de color azul metálico. Los ojos de ella no son azules pero son tiernos, me gustaría besar sus labios pero nunca se lo he dicho. Parking público. Acercándose por la acera una chica joven con el rostro encajado en cansancio arrastra dos bolsas de la compra, una en cada mano. ¿Ayuda? No, gracias. Puedo. Pienso, ¿el feminismo ha hecho daño a la caballerosidad? Una cala más. No sé. TNT, sudadera naranja reconocible. ¿Dónde están los paquetes? Acaba Bliss. Otra calada. Otro autobús con dos pintadas. Seis mil euros. Caja a favor del Ayuntamiento. Ciento diez años de humanidad agarrados del brazo. Setenta años una y cuarenta la otra. Oh, qué guapo y qué casual el chaval que pasa por delante de mis ojos. Me apetece preguntarle por mi rostro desconocido. ¿De verdad? No, no tengo ganas. Sus labios carnosos y su corte de pelo modelo pasarela, guapo, muy guapo, tanto para no fijarme en la chica que le acompaña. ¿Quién es? 112, policía local. Por esta vía no se puede ir a más de cuarenta, ellos a ciento diez. ¡Caja para el Ayuntamiento! Ah no, que son los mismos. ¡Dita sea! Última calada, me quemo los dedos. Tiro la colilla al suelo y me pongo de pié. Me duele el culo y algo las rodillas. Siento el frio intenso. Ya he esperado bastante, el sol no tiene intención de asomarse y el agua en forma de lluvia llega a mi cuerpo. Saco la fotografía de mi rostro desconocido y la guardo en el bolsillo interior de la chaqueta. Me siento bien, Muse me lo recuerda, batería, lluvia, batería, lluvia, percusión, lluvia. Amor eterno por ti, me gustaría besar tus labios pero nunca te lo he dicho. Otro día sin encontrar mi rostro desconocido de la fotografía.


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Publicado por JsJFrog @ 12:19  | Escritura votar
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Al ataque.... lo nuevo de Los Caballeros de la Alfombra Roja
Pulsar el play para que arranque el vídeo y seguidamente pararlo para que se cargue un poco y no se entrecorte la visión.
Si no ves el corto, pulsa sobre Leer más
Besote y a disfrutar.

dECONSTRUYENDO de ultimodia03 en Vimeo.

Corto realizado por ultimodia03 (Los Caballeros de la Alfombra Roja)
Gracias a grupo de música La Bruja Gata (wwww.labrujagata.com) por un trocito de canción maravilloso.


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Invierno de 2010, decidido a buscarme indago por los callejones de la ciudad. Pertrechado con una fotografía de mi rostro desconocido en el bolsillo trasero de mi pantalón, salgo a patear las calles. El cometido se convierte en epopeya.

Miércoles, 10 de febrero

¡Vaya!, un día de niebla y frio. No importa, decido seguir pateando las calles en mi epopeya. Plantado en la acera ante un luminoso recuerdo esa cafetería. ¿Es posible que alguien conozca el rostro desconocido de la fotografía? Abro la puerta del bar, algunas personas giran su cabeza para mirar quién es el que entra, pero rápidamente vuelven a la conversación cortada por mi entrada. Echo mano al bolsillo trasero del pantalón y cuando rozaba los bordes de la fotografía clavo mis ojos en ella, la camarera. Mientras me dirijo hacia ella saco la mano del bolsillo y me fijo en su pelo negro liso, media melena cogida en una coleta por una goma imperceptible, ojos grandes muy negros y piel blanca ausente de coloretes sobre la que deslumbran unos labios rojo intenso. Un café descafeinado de máquina con leche en vaso. La leche bien caliente. ¡Maldita hipertensión! Mis ojos no pueden parar de recorrer el cuerpo de la camarera. Camisa negra con el logotipo de un pollo y pantalones color kaki. Realmente eso me importa una mierda. Lo que realmente me importa son los pechos que se insinúan como queriendo salir de la camisa, pequeños pero muy redondos. ¡Me excita! Lo siento Carlos, he conocido gente que se tiene que pinchar hasta ocho veces al día, pero no importa Carlos de esta sales seguro. A tu hijo no le pasará nada siempre y cuando sienta el cariño de su familia. Lo preocupante, Carlos, es la disminución del margen de producción que soporta nuestra empresa. Ah, eso sí Carlos, vamos a darnos con un canto en los dientes que por lo menos, tal y como están las cosas, tenemos trabajo, Carlos. Por un momento mi mente evoca el recuerdo de mi abuelo. Cincuenta años trabajando de sol a sol, pasar por una apoplejía a la que le gano la partida y acabar muriendo tras jubilarse por un cáncer hijo de puta, Carlos. Miro los pantalones kaki y me imagino su cuerpo desnudo, más, me imagino follando con ella sobre la barra del bar. Sacarina por favor, señorita. ¿Qué le doy por una pulguita y una cerveza? 2,50. Perdona. Ah, perdona tú, pulguita y cerveza 2,30. Aquí tienes, gracias. Vale. Excitado fijo mi mirada en sus ojos, mentira, los fijo en sus pechos primero y luego en sus ojos. He sacado la fotografía del bolsillo de atrás de mi pantalón y la hago una seña para que la mire. Sé que sabe algo porque sus labios se humedecen, pero no suelta prenda. Menos mal que no me ha dicho nada sobre el “pay-per-information”. Desisto. Vuelvo la fotografía a su sitio y miro a la camarera mientras me marcho andando hacia atrás para no perder sus preciosos pechos. Los acordes de un jazz suenan de mano de una agónica trompeta mientras mi imaginación vuela por última vez. La habría besado al despedirme de no ser porque soy un gallina. Adiós Carlos, que no sea nada lo de tu niño. De nuevo en la calle, la niebla no me deja ver el luminoso, no me deja ver nada. Otro día sin encontrar mi rostro desconocido de la fotografía.


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Publicado por JsJFrog @ 16:11  | Escritura votar
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Invierno de 2010, decidido a buscarme indago por los callejones de la ciudad. Pertrechado con una fotografía de mi rostro desconocido en el bolsillo trasero de mi pantalón, salgo a patear las calles. El cometido se convierte en epopeya.

Martes, 2 de febrero

Aparcado en medio de la vía pública un autobús con el anagrama de la Cruz Roja. Me acerco dubitativo, más bien asustado. Subo dos peldaños hasta el interior y pregunto a una señorita por el rostro desconocido de la fotografía, pero se niega a darme información gratuita. ¿Hasta aquí llegan los tentáculos de la SGAE? Intento pensar rápido. Ellos necesitan lo que yo tengo y yo necesito información. Enseño las venas de mi brazo y le guiño un ojo. Ella se hace la distraída por unos instantes pero finalmente se fija en las abultadas venas que recorren mi brazo. Me indica una silla para que me siente. Mientras me acomodo le enseño de nuevo la fotografía y noto un gesto de desprecio en su rostro. Coge mi brazo descubierto y coloca sobre el bíceps una tela elástica que aprieta con decisión. Unida a la tela se encuentra un tubo de goma que en el extremo final tiene una pera también de goma. Aprieta con ritmo la pera y noto como se infla poco a poco la tela elástica. Cuando parece que me va a estallar el bíceps deja de apretar y coloca un artilugio con forma de platillo volante unido a sus oídos sobre las venas de mi brazo desnudo. Tras toquetear lo que parece un reloj de pulsera me dice que el fluir de la sangre ha hablado, 14/12. El desprecio de su rostro se torna extrañeza. Me interroga sobre mis hábitos: ¿fumas, bebes, mucha sal en las comidas, sexo seguro con la misma mujer o promiscuidad? ¿ehhhh? Coloca de nuevo la tela elástica sobre mi brazo y repite la operación. El resultado, 14/11,5. Esta vez el rostro pasa de extrañeza a preocupación. Me interroga de nuevo, ¿sexo con mujeres o con hombres, tatuajes hace poco, toma medicamentos, drogas? ¡Cómo!. 14/12 me dice la señorita con cara de angustia tras repetir por tercera vez. Lo siento no puedo dejarle realizar la donación de sangre a favor de la SGAE. Si quieres puedes darte una vuelta por la calle, tomar el fresco y venir un poco más tarde para ver si es posible. ¿Y el paradero del desconocido? Lo siento, tengo prohibido dar información sin recibir nada a cambio. Su cara se vuelve angelical y me regala una sonrisa mientras me baja la manga e invita a que salga del autobús. ¡Qué guapa la condenada, pero inflexible! Le doy las gracias por nada y vuelvo a patear las calles. El frio hace mella, a lo lejos un bar. ¿Es posible que sepan algo?. Otro día sin encontrar mi rostro desconocido de la fotografía.


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Publicado por JsJFrog @ 16:25  | Escritura votar
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