Invierno de 2010, decidido a buscarme indago por los callejones de la ciudad. Pertrechado con una fotografía de mi rostro desconocido en el bolsillo trasero de mi pantalón, salgo a patear las calles. El cometido se convierte en epopeya.

Jueves, 18 de febrero

Un frío del carajo atenaza todos y cada uno de mis músculo. Estaba avisado, iba a hacer mucho frío, pero ya sabemos que ante todo desobediencia. Salir a buscar mi rostro desconocido de la fotografía…. La fotografía, no la tengo en el bolsillo trasero del pantalón ¿Dónde he dejado la fotografía? Repaso mentalmente los pasos del día de ayer, uno por uno, intentado saber si ha terminado en el suelo, en manos de algún desconocido o, porque no, la he regalado algún ángel de cara bonita que tuvo a bien invitarme a un chocolate caliente. ¡Qué mierda!, tendré que hacer el mismo recorrido de ayer y en lugar de preguntar por mi rostro desconocido de la fotografía tendré que preguntar por la fotografía. Pies, en marcha. Callejeo. Me pierdo por miles de lugares, entro y salgo de las mil y una cafeterías. Indago, busco, pregunto. Entro en la tienda regentada por un chino. Qué difícil es comunicar una idea cuando los planos de comunicación, el interés, la lógica y porque no una pequeña dosis de mala leche, se encuentran distantes. Qué difícil explicar algo cuando lo de enfrente está cerrado a tus intereses y tiene claro lo que va a decir independientemente de lo hablado, escuchado o visto. Miro al chino a los ojos, los cierro un poco en un afán de mimetizarme con él, que no le resulte extraño que mis manos gesticulen desorbitadamente, que mi voz suba de tono por momentos y que de vez en cuando resople mirando al suelo en busca de una respuesta para esta incomunicación. Una de las ocasiones que me encuentro cara al suelo, fijo la mirada en un trozo de papel que sobre el terrazo raido de la tienda del chino descansa. Conozco esa cara, conozco esos labios rojos y esas gafas oscuras, conozco el pelo castaño largo, la figura esbelta y delgadita, conozco la gabardina negra y los tacones de aguja altos, sobre todo, los tacones de aguja. Es ella, creía que había desaparecido de este país ante el acoso de los fotógrafos, pero no, allí estaba retratada de nuevo para el disfrute de onanistas y pervertidos, para mí. Recojo el trozo de papel, la espalda me mata. Ni siquiera miro al chino mientras me largo del establecimiento. Le oigo desde lejos gritar. ¿Ahora quieres comunicación? Reflexiono. Es importante reflexionar de vez en cuando sobre los objetivos que me he marcado para hoy. Cuando no tengo objetivos termino embriagado, en una casa de putas o vagando por la calle con las manos en los bolsillos silbando la última y maldita canción que ha llegado a mis oídos y que como una lapa se pega a mi cerebro y repite el estribillo una y otra vez. Lo importante ahora es cambiar los objetivos. ¿Qué fotografía? ¡A la mierda! Miro el trozo de papel, sonrío, me sonrojo, sonrío, me sonrojo. Aun puedo oler su cuerpo pegado al mío el día que la declaré mis sentimientos, mis intenciones: moriría por ella, daría la vida por llegar a viejo a su lado. Por compartir arrugas, canas, achaques. Por sentir mi corazón latiendo al lado del suyo, a la vez, al unísono. Terminar viejos y decrépitos, juntos. Que la enfermera nos limpie las babas con el mismo pañuelo y usar la misma marcha de pañales. Corretear por los jardines del geriátrico, entre ratas y basura, con sillas de ruedas reutilizadas y que contienen entre sus hierros el alma de miles y miles de ancianos maltratados y olvidados. Daría mi corazón por ver mi nombre junto al tuyo en la lápida de mármol y bailar muy juntos mientras llegamos al cielo. Y tú, hiciste un silencio eterno antes de apartar tu cuerpo del mío y decir horrorizada que me abandonabas. Ahora, te he recogido del suelo y sé que estas, te siento, puedo oler de nuevo tu cuerpo y tu terror. Aplausos. Miro a derecha e izquierda y los vagabundos me aplauden. ¡Soberbio!, grita uno de ellos mientras el otro le pasa un cartón de vino. ¡Qué redicho el vagabundo! Siento un dolor fuerte en la cabeza, aún retumban en mis oídos los gritos del chino y tengo en las manos el pedazo de papel que me encontré en suelo. ¡Maldito chino! Tiro el papel a la basura y sigo mi camino. Tendré que buscar por casa. ¡Mierda!, otro día sin encontrar mi rostro desconocido de la fotografía y mi primer día sin ella.


Tags: El arte de encontrarse, Creativo

Publicado por JsJFrog @ 16:05  | Escritura votar
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