Invierno de 2010, decidido a buscarme indago por los callejones de la ciudad. Pertrechado con una fotografía de mi rostro desconocido en el bolsillo trasero de mi pantalón, salgo a patear las calles. El cometido se convierte en epopeya.

Domingo, 21 de febrero

Por fin, unos rayos de sol penetran a través de mis ojos y encontré la fotografía de mi rostro desconocido. Maldito cajón. ¿Por qué los cajones no hablan? ¿Por qué se guardan todo aquello que no queremos que sea encontrado y cuando intentamos recordar dónde lo escondimos se callan y dejan que levitemos por la casa como yonquis en busca de una dosis? Otro día, tengo que seguir la búsqueda. Con las yemas de los dedos rozo con miedo el bolsillo trasero del pantalón mientras me siendo en la acera. No hay problema. Saco de la mochila el tabaco de liar, una boquilla y el papelillo, me apetece. Medito. Recuerdo la página donde decía que tengo que cerrar los ojos con la espalda derecha y dejarme poseer por todos los ruidos de mí alrededor sin juzgarlos, sin intentar saber nada de ellos, sólo escuchar. ¡Qué gracioso! Oigo que mi rodilla izquierda me habla. Siempre he tenido esta rodilla mal y de siempre he necesitado saber el por qué me dueles de forma indiscriminada. He pasado por ser etapas de crecimiento, si hubiese sido verdad ahora mediría diez o quince metros, sería un gigante. Paparruchas. He oído que iba a cambiar el tiempo, que no tenía líquido y rozaba el cartílago, que éste se había desgastado más de la cuenta, he oído tanto. Y lo que me interesaba es lo que la rodilla me tenía que decir, y ahora gracias a la meditación y a dos rayos de sol, me habla. Se siente atormentada, dice que desde que comencé la búsqueda de mi rostro desconocido nada en su vida ha sido igual, que se encuentra mucho más cansada, desasosiego fue la palabra exacta, que tiene que dedicarle más tiempo a la labor de soportar parte del cuerpo mientras camino kilómetros y kilómetros y sin contar cada uno de los tiempos muertos que soporta mientras caen varias cervezas en la barra de un bar. Pegué la boca a la rodilla izquierda y le dije no entender el por qué no se quejaba su hermana la rodilla derecha. La respuesta fue contundente: eso a ti no te importa. Me dejo noqueado, tanto, que empezó la cabeza a llenarse de pensamientos e imágenes del pasado, cosas que había visto o que había leído. Recorrí de nuevo el Museo de Arte de Amsterdam, las pinturas de Vermeer entraban por la izquierda del cerebro y se iban por la derecha, ahora me comía una rebanada de pan untada en leche condensada. Ventanas y más ventanas que dejaban ver iluminaciones soñadas por cualquier director de fotografía, mínimos detalles, precisiones milimétricas. Sólo treinta y siete pinturas de ensueño. Al fondo a la izquierda vi llegar a ese maravilloso cuadro, al más grande 130 por 110 centímetros y que dejó turulato a Adolf Hitler, el mismísimo Führer del Tercer Reich y que fue su ojito chiquito durante muchos años y por el que llegó a pagar una gran cantidad de dinero. Sí, era “El arte de la pintura (1966-68)”, preciso, milimétrico, insaciable en la luz y los detalles, escaparate de la rica Holanda, de su Siglo de Oro. Crisol de mensajes que ahora llegaban al lado izquierdo de mi cerebro. Un pintor de espaldas con los ojos clavados en una guapa señorita ataviada con ropas de la época y en sus manos sosteniendo una trompeta y un libro. ¡Oh, diosa de la mitología griega! ¡Oh, bella Clío!, llámanos a la guerra, infúndenos tu espíritu para que mañana seamos capaces de cambiar todo aquello que no nos gusta. Salió despedido por el lado derecho de mi cerebro sin llegar a darme una respuesta, la revolución tendrá que esperar. Malditos alemanes que recuperaron el cuadro de las minas de sal de Altaussee para entregársela a los austriacos, maldito Vermeer que nos dejaste la belleza en la retina y el fragor de la batalla en las venas y ahora somos incapaces de vencer nuestra propia apatía. Un cuadro para la guerra, una guerra por un cuadro. ¿Quién se llevará el gato al agua, el Bohemio Czermin o el Museo de Historia del Arte de Austria? Trompetas de guerra, claxon de un coche. Su propietario quiere aparcar y parece ser que molesto. Me levanto, no sin ganas de invocar a la Diosa Clío. ¿Merece la pena? Contéstate tu mismo. Rozo con las yemas de los dedos la fotografía de mi rostro desconocido en el bolsillo trasero de mi pantalón. Otro día más.


Tags: El arte de encontrarse, Creativo

Publicado por JsJFrog @ 16:27  | Escritura votar
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