¡Qué bonito! Las lágrimas surfeaban por mis mejillas mientras veía entrar por la puerta de la Invierna a mis colegas, uno tras otro. Había mandado una señal de SOS y como era costumbre en nuestro grupo, la respuesta había sido inmediata. No importó que la señal de socorro la mandase sin tiempo a reaccionar, estábamos entrenados para eso, para las alarmar. Se ponía la maquinaría en marcha y no había nada, ni nadie sobre la tierra, que pudiese pararnos. Hoy era yo el necesitado, el resto a la carrera. Besos a los niños, despedida de los conyugues que se quedaban en casa: por favor, ir haciendo la cena que enseguida vengo, esto no será nada, el cansino de Julián. Los niños se quedan perplejos, los conyugues no dan crédito, otra alarma. Imposible. Empiezan las sospechas, pero no importa, estamos preparados para aguantar la presión, estamos diseñados para ahorrar emociones y dispararlas en el momento más adecuado. Alguno me contó que tuvo que dejar el camión en medio de la M45, imposible aparcar con él donde habíamos quedado e imposible ir al depósito a dejarlo, un gasto de tiempo precioso. Una alarma es una alarma. Otras tuvieron que dejar las pancartas en mano de la policía. Reímos todos. – Cierto – nos cuenta- la alarma me ha pillado en medio de una reyerta por nuestros derechos mientras un policía, por cierto bastantes musculoso y con cara de ángel (y sabéis que algunos son fofos y su cara es más bien de ángel exterminador), me estrujaba entre sus garras. Tuve que despedirme. Dos besos al madero: nos vemos guapo. Y le dejé la pancarta: “No a los recortes” Me enteré por terceros que alguno tuvo que dejar un importante compromiso: un taller de sushi. Llevaba años afilando los cuchillos para enfrentarse a la temida vejiga venenosa del pez globo. Años de duro entrenamiento con psicólogos emocionales y ahora, ¡a la mierda!, terminó poniendo en el móvil, pero vino. También se cerraron bares, se dejaron de poner marcos de aluminio, de clorar piscinas, de beber algún que otro vaso de agua. Se perdió la posibilidad de contestar a los últimos Whathapp. Pero no importó nada, el estado de alarma es una estado emocional que nos une, que hace de nosotros uno sólo, que nos hace fuertes, que nos hace crecer, que nos ilumina en la búsqueda del camino y porque no decirlo, que nos podemos tocar durante un momentito las narices mientras nos tomamos un cafetito, y eso sí que es bonito, como para que una lágrimas surfeen a lo largo de mi cara.



Quedada en la Invierna: Alarma from ultimodia03 on Vimeo.

Besotes a todos... todas


Publicado por JsJFrog @ 12:09  | Escritura votar
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