Ayer, viajando de vuelta del trabajo a casa, me subí en la estación de Atocha a un vagón de cercanías. A mi lado, sentado en su silla de ruedas, un abuelo ciego, medio sordo, amputadas las piernas y falto de brazos. Aluciné.

Empezó a balbucear, intentando decirme algo, creí yo.

-          ¿Sí? – Dije.

-          Raquel me pidió los ojos. Se los di. Quería que viera lo bello y maravilloso que yo había visto en la vida. Cómo negarme con esos grandes ojos que portaba. Y desapareció – Dijo el abuelo, no con cierta dificultad, anclando sus resecos ojos a un punto imaginario.

De primeras pensé que estaba un poco chalado pero la curiosidad mató al gato y no pude mantenerme callado.

-          ¿Cómo dice? – Intenté seguir la conversación.

-          Claudia me pidió los oídos. Se los di. Deseaba que oyese todo lo arrebatador y delicioso que yo había oído en la vida. Cómo negarme si sus orejas me volvían loco. Y desapareció.

-          Sí señor, triste, muy triste – repuse sin entender muy bien lo que me había dicho.

-          Sofía – continuó – me pidió las piernas y los pies. Se los di. Necesitaba que pisase fuerte y segura por la vida como yo había pisado siempre. Cómo negarme a sus largas y esculpidas piernas que adoraba centímetro a centímetro.

Pasó mi parada incapaz de bajarme. Este medio vegetal humano había inyectado en mis venas el veneno del fisgoneo. Sería cierto, ¿tantas mujeres y a todas les había dado algo de su ser?

-          La vida es lo que es – replique, poniéndome colorado de inmediato ante lo tópico e insustancial de la respuesta.

-          Laura me pidió los brazos y las manos. Se los di. Ansiaba que sintiese al acariciar, al agarrar, al poseer a sus seres amados lo que yo sentía con solo el roce de los míos. Cómo negarme cuando la suavidad de sus manos hacía estragos en mi piel y la fortaleza de sus brazos enjaulaba mi cuerpo.- Musitaba totalmente ajeno a mí.

-          Vaya. Parece, por lo menos, que a usted le funciona bastante bien el corazón. – Explote verbalmente ante su excesivo altruismo.

-          Hijo, ese lo reservo para la que aún no me ha encontrado y sé seguro que me encontrará – me dijo muy lentamente, saboreando con anhelo cada una de las palabras pronunciadas.

Ahora sí. Me encontraba totalmente desarmado. La perplejidad se hizo patente en la intentona de buscar algo con lo entretenerme. Movía la cabeza de izquierda a derecha del vagón, intentando no cruzar mi vista con el abuelo que seguía balbuceando, ahora de forma más apagada, interiorizando su discurso. En la incomodidad del momento observé de frente a mí un panfleto pegado con celofán sobre una de las puertas del vagón. Arrancó una sonrisa espontánea de mi boca e hizo que me dirigiese hacia la puerta para leer mejor el panfleto y de paso apearme en la siguiente parada. Escrito a mano con rotulador negro de punta gruesa, en el panfleto se podía leer: “Sé que esto es España, pero aún así, busco empresario que me dé trabajo y me valore en función de mi productividad y no por la cantidad de polla que es capaz de meter en mi culo”.

El tren paró. Bajé totalmente descojonado de risa y reflexioné unos instantes sobre lo insólito del momento vivido. – Pura esencia de vida, unos ansían la cal y otros la arena – pensé para mí.

final 2

Merche

Cal y Arena

Pulsa y difrútalo

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Publicado por JsJFrog @ 13:06  | Escritura votar
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