Me hice mayor sin enterarme. ¿Y cómo me he dado cuenta? Porque ha dejado de molestarme que mi padre me repita, una y otra vez, sus batallas de juventud. Cuando la enfermedad le ha desnudado de la dureza y aspereza con la que la vida le vistió para poder sobrevivir, aflora el niño que lleva dentro y que asfixió por necesidades de un guión vital, y se muere de risa mientras me mira y me cuenta por enésima vez, cómo su compañero y él sustrajeron la bicicleta propiedad del padre del primero para disfrutar de momentos de libertad y cómo terminaron devolviendo el artefacto partido en mil pedazos después de un desafortunado accidente que les costó múltiples magulladuras por todo el cuerpo. Nunca se supo quién cogió la bicicleta. Ríe a plena carcajada y se le ponen los ojos chiquititos tras los enormes y gruesos cristales de las gafas mientras derrama lágrimas de felicidad. Me mira, se retira las gafas de la cara y se frota los ojos. Ríe de nuevo y se acuerda y me cuenta las fechorías que le hacía al Tío Cadenas. Una de ellas consistente en tocar a su puerta y correr a esconderse en una alcantarilla próxima mientras el Tío Cadenas, ya mayor, blandiendo su cachava en alto y gritando barbaridades en perfecto castellano miraba a diestro y siniestro en la puerta vacía. Ahora reímos los dos, él porque se siente feliz de contarme algo que piensa que nunca me ha contado y yo porque siento la deuda de no haber escuchado con más amor las cosas de su vida.

Recuerdos de carretera, coche, días de fiesta y familia.

Camilo Sexto
Getsemaní

Pulsa y difrútalo

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Publicado por JsJFrog @ 12:44  | Escritura votar
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