El día se levantó frío y agitado. Tenía que entregar a primera hora de la mañana unas telas de seda. Josse, la Hacedora de Trajes, las necesitaba con carácter de urgencia. Me incorporé, me lavé la cara y mientras me secaba, perseguí hipnótico el agradable olor procedente de la cocina: tazón de leche de cabra y una rebanada de pan churruscada untada con una cucharada de compota de higos y aderezada con un chorrito de manteca derretida. En un periquete di cuenta del desayuno, agarré las telas y salí veloz por la puerta en dirección a la casa de Josse. De camino, tenía el presentimiento de que algo iba a ocurrir y no tenía nada que ver con el viento que se había levantado y que arreciaba cada vez más y más fuerte; ni con el tronar de los rayos que rompía el cielo en mil pedazos. Era un presentimiento amable. Llegué a la altura de los acantilados El Perro Despeñado, me paré y tuve la necesidad de sentarme. Era estimulante echar un vistazo al infinito y dejar volar la imaginación sobre todo lo que habría allí, lejos de Terrabá. Inspiré fuertemente el olor a húmedo de la mañana que venía con un olor dulzón. Sentí las nubes atravesadas por unos tímidos rayos de sol que incidieron sobre mis finos párpados cerrados y que me hicieron abrir los ojos. ¡Cielos!, allí estaba mi ensueño, sentada sobre una de las negras rocas a orillas del Gran Mar, la Princesa con Olor a Pescado. Oía una caracola que con una mano sujetaba sobre su oído mientras que con la otra mano seguía un ritmo. No puedo decir que pauta llevaba, yo de música entiendo bastante poco, pero algo movido era. Si en ese momento me hubiesen preguntado ¿qué es la belleza?, lo hubiese tenido claro: aquella preciosa mujer de ojos verdes, pelo rubio ondulado y piel tostada suavemente por el sol y enriquecida por la sal del mar. Estaba enamorado. Me enamoré, me enamoré de sus ojos, de sus manos, de su pelo, de su piel salada y de su olor a pescado, hecho curioso, ya que nunca me ha gustado el pescado, ni el sabor ni el olor. Mi madre puede dar fe de ello. Me incorporé y bajé a todo correr hasta que las piernas no me dieron para más. Acabé sentado a su vera, esnifando su pelo y rozando una de sus mejillas con mis dedos. Estaba fría. ¡Qué hermosura! Acerqué mi boca a su oído y susurré su nombre, Princesa, Princesa con Olor a Pescado, para terminar besando, con el suave roce de mis labios, su cara. Mi corazón estallaba, y mis manos, brazos, piernas y cuerpo empezaron a temblar cuando nuestros ojos se cruzaron. En el fondo de los suyos podía verse el allí lejos de Terrabá, el confín al infinito donde el Gran Mar pierde su nombre. El fondo de los míos sólo reflejaba ternura. Bajé la mirada, cerré los párpados y los apreté intentando dilucidar si me encontraba en el mundo de lo real. Los abrí, y allí seguía, callada. Su fuerza era la belleza del silencio. Agarré su cuello con una mano mientras que con la otra giraba su cabeza para volver a enfrentar nuestras caras. La miré por instante, cerré de nuevos los ojos y avancé poco a poco, tímidamente, en busca de sus labios. Me sentí desvanecer. La luz del sol se apagaba poco a poco y sólo quedaba en el ambiente un olor a pescado que se iba tornando dulzón, cada vez más, hasta que un aroma a jengibre ganó la batalla. Abrí los ojos al sentir unos golpes en mi brazo. El olor a jengibre persistía y los rayos del sol, ahora más brillantes y cálidos, incidían directamente sobre el pelo y el rostro de una mujer. - Princesa, Princesa – musité. Oí una gran carcajada que me hizo volver en mí. Era Josse, la Hacedora de Trajes. Su típico olor a jengibre la delataba. Le encantaba hacer galletas con esa especia. Seguía riendo mientras me miraba la entrepierna. Note un enorme calor en las mejillas e intenté cruzar las piernas en una maniobra de ocultamiento. Me ruboricé y ella se dio cuenta. Era una mujer muy atractiva, y su pelo rojizo y rizado armonizaba con su bello rostro, su preciosa sonrisa y sus encendidos ojos miel. Me miraba fijamente y sonreía; lo sabía, sabía que estaba excitado. Me miró fijante y antes de que pudiera reaccionar tenía sus labios pegados a los míos y notaba a través de su pecho el palpitar del corazón. - Gracias por lo de princesa – me dijo entre risotadas. Me levanté como un resorte y salí corriendo mientras me perseguían sus carcajadas, el olor jengibre y el recuerdo de una fría piel, una hermosura silenciosa y una salada piel con olor a pescado.

Días de recuerdo: barras de bar, noches de insomnio y besos robados.

Hombres G
Si no te tengo a ti

Pulsa y difrútalo

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Publicado por JsJFrog @ 11:51  | Escritura votar
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