Al levantarse, ella lo tenía muy claro: hoy será un gran día y nada me podrá parar. Este pensamiento es propio de las gentes de por aquí, de los humanos de este lado. Miró al chico que dormitaba a su lado. Este despertó y la observó fijamente. Media mueca se reflejaba en su rostro. Ella se dio cuenta enseguida, él pensaba lo mismo: hoy será un gran día. Se dieron los buenos días con un beso y realizados todos los trámites rutinarios salieron por la puerta abandonando la casa para subirse al coche que les conduciría hasta el trabajo. Rotonda, carretera, más carretera, rotonda, giro a la derecha y frenazo para girar a la izquierda. En el milisegundo siguiente al frenazo se oyó un pitido. El coche de detrás, un cuatro por cuatro de color plateado parece ser que tenía prisa. Ella bajó la ventanilla del coche mientras él miraba a través de la luna trasera del vehículo: - ¡Qué pasa! – increpó al conductor del otro vehículo.

Los intermitentes – dijo el otro conductor.

Mientras, en el coche, él se impacientaba y comenzaba el habitual ritual de agresividad al volante.

¡Que qué pasa! ¿Tienes algún problema? – replicó ella.

Perdone, cuando vaya a girar ponga los intermitentes, ha frenado de golpe y por poco no la arroyo – contestó el conductor contrario.

En ese momento, él abrió la puerta del vehículo perteneciente a su lado mientras ella intentaba agarrarle para que no se bajara.

¡Qué! – dijo él.

Ha olvidado poner los intermitentes al girar – contestó el otro.

¿No los ha puesto? – dijo mientras sacaba pecho cubierto por una inmaculada camisa blanca, ocultaba sus ojos bajo unas gafas de esas de malote y ella abría la puerta de su lado del vehículo.

En ese preciso instante, el conductor del cuatro por cuatro arrancó, condujo unos metros y aparcó el vehículo. Se bajo y se dirigió hacia ella que en ese momento tenía la puerta abierta. Al mismo tiempo él se desplazaba hacia el otro conductor para interceptarlo antes de que llegase a ella. Durante el transcurso de la escena y mientras se acercaban al punto común que la chica suponía, el otro, el conductor del cuatro por cuatro, echo mano al bolsillo interior de su chaqueta y mientras decía que se había dirigido de forma correcta y que ya estaba bien, sacó una placa y se identificó como inspector de policía. Las caras de estupor de ella y él afloraron. El inspector le pidió a ella la documentación y mientras sacaba una foto a la matrícula de su coche, él, sobaba el hombro del policía mientras se afanaba en quitar hierro al asunto.

No sé como acabo el tema porque tampoco me interesó mucho y me había bebido el café propio de un merecido descanso labora. Lo único que pensé mientras miraba atónito la escena fue en el grado de estupidez mayúsculo del ser humano. Con lo fácil que es disculparse cuando se ha cometido un error. Seguro que eso sí que haría de nuestro día un gran día.


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Publicado por JsJFrog @ 14:28  | Escritura votar
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