Sentado en la mesa de frente a la mía, suda. Sudan sus manos, las axilas y todos los poros de la piel. A goterones cae el sudor por su rostro algo congestionado. Ahora bebe un vaso de agua, hace un minuto algo de vino y en un momento anterior, una cerveza muy fría. En la mesa se amontonan los platos: el hueso de un gran chuletón con algún girón de carne aún colgante y restos de grasa, una cabeza de pescado unida a lo que parece uno de los lomos aún intacto sembrado de miles de espinas y una rodaja de salmón de la que solo queda la piel y el limón que la acompaño. Eructa disimuladamente, el bar está lleno de gente. El camarero se acerca, conversan durante un momento y a los pocos minutos trae entre sus manos una fuente de ensalada que deja con dificultad sobre la atorada mesa y una botella de agua con gas que no llega a tocar el tablero, se la bebe sin tregua y devuelve el casco vacio al camarero que se retira con extrañeza en el rostro. En la comida fue generoso, no así en el postre. Un flan a la deriva con una bolita de nata que se deshace sólo con mirarla y encharca el plato. Le añade un poco del azúcar del café. Imagino le gusta amargo. Un nuevo gesto al camarero. No creo que pida nada más, está a punto de reventar y se ha quitado algunos botones de la camisa, el botón del pantalón y se ha descalzado. El camarero vuelve con la cuenta. Se la entrega y el comensal le comenta algo que hace que vuelva a desaparecer, apareciendo al instante con un datafono. Aún sigue sudando, el postre le ha dado más agobio. Saca una tarjeta de crédito de la cartera que tiene sobre la mesa, se la entrega al camarero y mientras le cobra mira una vieja foto que en ella se encuentra. El camarero sonríe mientras el datafono escupe las copias de la transacción. El comensal echa mano a la bolsa que tenía en el suelo. Sonríe y suda. Saca un arma y agarra al camarero por el delantal. Lo sienta a su lado y mientras le apunta en las sienes con el arma, le obliga a mirar la fotografía. Algunas personas salimos corriendo despavoridas por la puerta, gritando. Al llegar a la puerta me topo con dos policías, armados y bien protegidos. Entran y se quedan de pie a medio camino entre la puerta de entrada y la mesa del comensal. Uno de ellos, mira el datafono mientras el otro no quita ojo al camarero, al comensal y al arma que tiene en sus manos, aunque no puede evitar mirar la acumulación de vajilla y restos de comida que sobre la mesa se acumula. El comensal ha dejado de sudar, ahora es el turno del camarero. En un movimiento pausado, le echa a un lado y deja el arma sobre la mesa, se tira al suelo con las manos en la cabeza y la cartera con la fotografía cae dándole en las mejillas. Los agentes se acercan apuntándole, se agachan a su lado, le cogen las manos y le esposan. Se oyen dos disparos que acaban con la vida de los agentes, un tercero le vuela los sesos al comensal y un cuarto, precedido de un eructo, vuela el mentón del camarero que cae desplomado sobre un chaco de sangre con cuatro tonos de rojo sobre el que flota una cartera.


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Publicado por JsJFrog @ 14:16  | Escritura votar
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