Surqué sin saberlo cien páramos estelares cuando la falta de energía para la propulsión me arrojó sobre lo que ahora sé que es un secarral. No me impacto el calor, estoy acostumbrado. Desde entonces vago y divago por este extenso y desconocido planeta. Mi nombre es Mark Aspaña y soy ridiculiano.

Viernes 8 de agosto del presente. Ojeo el localizador geográfico, 40°26′ N 3°41′ O, a una altura media sobre el nivel del mar de 667 m. Buenos datos para la marmota aunque me importan un bledo. A izquierda y derecha seres bípedos a toda velocidad, transportando en las manos lo que parece un transpondedor activo de señal, al que aporrean con los dedos compulsivamente y sin compasión, o bien, le gritan desde la lejanía mediante un hilo que enlaza sus grandes orejas al transpondedor. Digo lo de grandes porque los ridiculianos carecemos de ellas, y todo de lo que se carece se percibe como enorme. Los rayos del sol recargan mis baterías de vida alojadas en el interior de los glúteos. Sí, es cierto, tengo un buen culo, respingón. Una señal sobre la retina derecha me informa de carga completa. Ya puedo sentarme un poco, no a descansar, este biocuerpo experimental goza de un sistema de producción de encimas que hacen la guerra a sus congéneres causantes de la fatiga, me siento a observar. Más seres bípedos, algunos cuadrúpedos y unos pocos trípedos. Por cierto ¿por qué hay cuadrúpedos con pelo y sin pelo? No encuentro nada en las bibliotablas científicas al respecto, será una anomalía. Mientras, observo a un puñado de seres sentados con una cuchara de colores en una mano que introducen una y otra vez en una repetición armónica del movimiento en un contenedor con material espeso que francamente, me recuerda a los desechos plasmáticos que evacuamos los ridiculianos. Al instante, gritos y carreras, locura. Mucha de la sustancia plasmática se derramada por los suelos. Algunos bípedos se convierten en cuadrúpedos, incluso algunos, serpentean. Me levanto agitado, ¿hemos entrado en guerra? Si es sí, no entiendo qué sentido tiene atacar con aquello que mis bibliotablas identifica como rama de árbol. ¿Quién ataca con una rama de árbol? En mis años de estudio nunca oí hablar de especies cuya subcaracterística como raza guerrera sea el ataque con rama de árbol. Extraño lugar este en el que me encuentro. Sigo oyendo gritos. No puedo abstraerme a la situación. Contraataco lanzando rayos plásmicos de alta intensidad sobre los generadores de ramas. Mientras observo como arden, se arrojan sobre mí dos seres bípedos enormes, gritando. No los he visto llegar, no he sido avisado. Algo falla en el biocuerpo. Lo que a continuación ocurrió, tendré que repasarlo en las cámaras de viajero alojadas en los hombros y que mandan y guardan la señal en los almacenes virtuales de la nave. Aparezco con las manos unidas por un hilo metálico con argollas en los bordes que presiona las muñecas del biocuerpo, sentado en un cuarto sin ninguna abertura en las paredes y una señal de aviso sobre la retina izquierda me indica fallo de sistema en los acumuladores energéticos de los glúteos. Necesito reparación, ya. Malditas ramas de árbol. 40°26′ N 3°41′ O, territorio hostil. 


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Hubo un momento en el cielo, hubo una nube que lo atravesó y siendo un haber que hubo y siendo un hada que la nube perforó, paró de volar y sonrió” - masculla mi abuelo mientras sentado en una enorme piedra al frío de la mañana espera a que aparezcan las ninfas. Toma una flor entre sus dedos y observa como los pétalos se abren al contacto con los primeros rayos de sol. Acomoda sus viejas antiparras sobre el caballete de la nariz y se agacha hasta casi tocar con la punta los pétalos húmedos. Escudriña los pistilos, la corola, el cáliz y los estambres. Agachado a su lado, casi rozando su mejilla, miro atónito e imagino su búsqueda insólita de seres mágicos, enroscados, durmiendo sosegados sobre la superficie de las flores esperando ser despertados por las palabras susurradas que mi abuelo emite. Un “interesante” siseado sale de su boca. Lo entiendo como un “eureka” y agudizo mi vista en busca de lo que él ve. Soy incapaz, no veo nada. Cinco por un lado, otros cinco, de estos hay diez y cinco de los otros. Interesante, repite de nuevo. ¿Dónde hay cinco? ¡Y cinco más! ¿Diez? Pero ¿cuántas hadas viven en esta flor, abuelo? Suelta la flor con una enorme sonrisa en sus labios seguido de una enorme carcajada. Mientras, anota en una libreta K5C5A10G(5)5 y dice: “infinitas”. Aún recuerdo su sonrisa antes de que su vuelo parase.


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Publicado por JsJFrog @ 10:50  | Escritura votar
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Aquí estoy, parado, sin nada que hacer mientras me rasco los huevos esperando al bus. Miro al frente y veo en una televisión del escaparate de una tienda de electrodomésticos el recibimiento que los japonés han obsequiado a un futbolista. Es un superhéroe, no sé bien de qué, pero ya sabemos que los japoneses necesitan superhéroes en vena como forma de entendimiento con la vida. Sigo atentamente el devenir de la noticia, gritos, lloros, rasgaduras de la ropa, pancartas con corazones y todo, mientras pasa el susodicho enfundado en una gorra dos tallas más grande que el cuerpo y puesta de forma no convencional. Sabe y quiere comportarse como un superhéroe, aunque él, tampoco sabe bien de qué, solo entiende de texturas, tintas y marcas de agua de los billetes de curso legal, como forma de entender la vida. Me planteo cual es mi forma de entender la vida, si realmente soy un demagogo por pensar que ayer murió Umar Khan, un verdadero superhéroe, sin poderes, pero con un gran valor, y que su muerte queda en una escueta nota de prensa aprisionada entre el viaje a Japón de un futbolista imberbe y la presentación en sociedad de un nuevo novio venido de allende los mares, igual al que tenía pero más oscuro, por parte de una “star-system” que la única película que ha realizado fue la de su propia vida. No hay pancartas con corazones, ni lloros ni desgarros, solo un par de líneas de impresión sobre los píxeles de una pantalla a color de cuarenta y dos pulgadas, mi sentimiento de tristeza por entender que no hemos evolucionado nada aunque estemos erguidos y hayamos dejado de despiojarnos y el gustito que me da cuando llevo un tiempo rascándome las pelotas, y esto, no es demagogia. 


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Publicado por JsJFrog @ 11:18  | Escritura votar
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