Querida amiga, lo difícil de trabajar todos los días es el poco tiempo que deja para poder contarte las pequeñas cosas que me ocurren. Entiendo que son pequeñas porque no me causan mucho dolor, aunque un poco de desazón, puede. Anoche no podía dormir y decidí, impulsivamente, levantarme y salir a la calle. A la luz de la luna creciente me senté en un banco de la acera, de frente al portal de la casa. Necesitaba dejar la mente en blanco. Durante muchos años lo he conseguido, pero últimamente mi cabeza se resiste a la liberación. En la zozobra del empeño, oí música procedente del callejón que a mano derecha salía a la calle principal del barrio. Era un sutil silbido melódico de jazz acompañado por unos siseos armónicos un punto más bajo de volumen para dejar lucimiento a la estrella. Identifiqué algunos pasajes de Blue Monk. Un cuarteto asomó, por fin. Sus hociquillos repletos de bigotes y su largo rabo delatarón su especie, ratas, y al frente, una rata vieja. Fueron aproximandose poco a poco entre acordes y frenéticos solos. Al llegar a mi altura, la rata vieja se sentó a mi lado, mientras, el terceto restante se alejó siguiendo con el acompañamiento musical. Ella me miró fijamente. Yo, la miré fijamente. Pasó el tiempo, o no. Allí estábamos, enfrentados. No aguántate más y le pregunté si tenía hora, a lo que respondió que el paso del tiempo jamás llenará una piel agujereada. Se levantó y se marchó siguiendo el compás que el terceto había dejado flotando en el ambiente. Encendí un cigarro y sonreí. 


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