Afanado con el puente levadizo del castillo de madera, no escucha la llamada, que a grito pelado, le hace su madre desde la chirriante puerta de la cocina. Se olvidó, una vez más, de tomar el desayuno. Doña Encarna, que así se llama la madre, no ha dejado de preocuparse por el chaval desde que comenzó a pegar con celofán las gafas que en el colegio, de forma rutinaria, le rompían. Doña Encarna sabe que el chaval es blandito y se resiste a intervenir en ningún conflicto para que vaya haciéndose cada día más fuerte. A Horacio todo le importa bastante poco. No entiende de normas, de horarios de comidas o de tiempos de descanso. Le atrae muy poco, más bien nada, el ocio moderno. No entiende como se puede perder ni un segundo en una red social, o minutos en crear avatares, chatear, navegar sin remos o matar a tu adversario sin verlo. Todas esas palabrejas las oye de boca de su madre aunque no las relaciona con nada apetecible que él pueda hacer en el día a día, en su mundo. Cuando los gritos de Doña Encarna se hacen más broncos, Horacio agarra su vetusto radiocasete y se deja llevar por el sonido de Cora Novoa. Se niega a llamarle Walkman, aunque bien sabe que el dispositivo no tiene radio. A Horacio le gusta tirarse por el suelo con los ojos cerrados y esconderse en los sonidos electrónicos de Icaro , Let my Fly o, su favorita, Unattainable Love. Leer u oír la palabra love siempre le ha dado un gustillo especial en el ombligo, desde que Doña Encarna, más tradicional, cantaba con una ininteligible mezcla de español e inglés Love me Tender mientras acunaba a Horacio. Horacio se permite volar y hacer pruebas mentales actuando sobre las bisagras del puente levadizo del castillo para evitar que chirríen. Quiere darle una sorpresa a su madre y arreglar, al igual que arregla sus maltrechas gafas, el chirriar de la puerta de la cocina.


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