Una pizca de fruto amarillo, tres pizcas de fruto naranja, dos pizcas y media de fruto verde y un suspiro o minipizca de fruto rojo. A Lena, desde su tierna infancia, le gustaba medir las cantidades en pizcas. Una pizca de amor, una pizca de desasosiego y varias pizcas de humor. Su cóctel preferido a la hora de afrontar el día. Para qué hablar de medidas exactas cuando todo es tan relativo, pensaba. Al igual que el más fiero de los alquimistas, mezclaba pizcas de aquí y de allí, de frutas exóticas y otras más comunes. Cómo de si de una cruzada se tratase, intentaba encontrar la combinación exacta de pizcas de frutos a aplicar en la mezcla. Lora y sus dos pequeños dientes a estrenar, se lo merecían. Sensible al sabor de las frutas, la merienda se habían convertido en una batalla siempre ganada por Lora y dejando minado de puré medio metro a la redonda de la trona o una pizca enorme de distancia como diría Lena. Nunca encontró la mezcla justa de sabor y textura aunque en la actualidad colocan una pizca de sonrisa en sus caras cada vez que se acuerdan.


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