Recuerdo a mi abuela recostada en el sillón mientras veía las corridas de toros en la televisión. Inesperadamente, despertaba de su letargo y me ordenaba ir a comprar leche a la lechería del barrio. La leche, por ese entonces, empezaba a venderse en bolsas rectangulares muy endebles. Se doblaban sobre sí mismas resistiéndose a su manejo, hasta que aparecieron los contenedores de plástico. Había que domarlas a base de paradojas, contenedores para contener contenedores. Entre bostezos mi abuela buscaba entre sus pechos un pañuelo atado por los picos y que alojaba en su interior dinero. Era el guardián de su fortuna y los pechos las torres de defensa. Con parsimonia lo abría y sacaba unas monedas de su interior. Unos reales para la leche. Nunca le dije que ya no había reales y que lo que tenía entre las manos eran pesetas. Pesetas abuela. ¡Ojala hubiese conocido a mi hija! Necesito a alguien sabio que le explique el hecho de que su padre nació en otro siglo y con otra moneda, y que ahora, la leche viene en cajas rectangulares.


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