Al principio fue una tentación irrefrenable, adueñarme de las ideas de otros. Con sus grandes ojos azules y su piel blanca, venida del norte con aíre frío y distante, traía entre sus enormes manos una pluma. Aquel cachivache me deslumbró desde el principio. Con una suave trazabilidad y una fluida alegría al escribir superaba de largo a mi vetusto bolígrafo Bic Naranja bregado en mil batallas, aunque fuesen las guerras de otros. Con él, gracias a su punta fina, podía apretar las letras, llevándolas a un tamaño infinitesimal. Lograba un gasto en papel mínimo y una producción literaria máxima. Un cuaderno por año, escribiendo por delante y por detrás de las hojas, sobre las tapas y sin respeto alguno a los márgenes señalados con una línea azul que se prestaba a no ser respetada. Todo ello quedó dinamitado al ser propietario de mi primera estilográfica. Pasé rápido de propietario a poseído. El olor de la tinta y los diferentes matices de color que quedaban al secarse se apoderaron de mí. Una grafía grande y redondeada, invadiendo, dejaba sentir la fuerza de los espacios en blanco entre palabras o entre frases. Se abrió un nueva etapa, escribir por y para mi pluma, para su comodidad. Necesitaba saber que ella se sentía orgullosa del rastro que dejaba, de su huella y encontré, al final, el camino de mis ideas.


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