Lo vi caer del cielo. Si no tenía suficientes problemas con la demencia senil de mi padre, antiguo legionario, ahora tenía a mis pies un Ángel. Su respiración errante, su amoratado cuerpo y sus maltrechas alas, no indican nada bueno. ¿Paracetamol o ibuprofeno? Llevo de ambos en el bolso. Por cierto, ¿puede ser un Ángel medicado? ¡Joder que día!, y me he dejado el móvil en el cajón de la mesilla, al lado del rosario y me va ha ser imposible llamar a emergencias. Menos mal que por lo menos no pierde sangre, sino sí tendríamos un problema, él y yo. Rebusco en el bolso y saco un café de esos de los que se calientan por agitación. Me preocupo muy mucho de girar el bote hasta que la marca del producto sea perfectamente visible, esto lo he visto en las series de televisión, eso sí, con disimulo. Arrodillada al lado del Ángel, agito el bote, lo abro y… ¿los Ángeles beben café? A partir de ahora, ángel con minúscula, alguien que no toma café no merece ser tratado con mayúscula. Allí, caído, incrustado en el negro asfalto un ángel me permite dejar volar mi imaginación. Por un momento me olvido de todo. Pero lo bueno tiene un principio y un final y me apremian a cortar la narración, mis jefes tienen que vender una serie de productos y me obligan a que os comente que las galletas tostarancias ahora vienen impresas por una de sus caras con ángeles caídos, por cortesía del Vaticano. Esto también lo he visto en las series de televisión.


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Publicado por JsJFrog @ 11:22  | Escritura votar
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