Sentado en una silla de madera, de esas que tienen el asiento de escay, Alberto escuchaba al médico. Su madre le había llamado. Carlos intentaba descubrir la causa de los altibajos emocionales de Alberto dejando de lado la teoría absurda que Alberto le repetía una y otra vez. Carlos no entendía que Alberto hubiese decidido tarifar las emociones por tramos. Si soy energía pura, tengo derecho a tarifar por tramos.- le decía. Carlos llevaba un tiempo con la drástica decisión de internar a Alberto en un centro de reposo, pero su madre se oponía frontalmente. En un momento dado de la charla, mientras los rayos del sol atravesaban una ventana situada a la derecha de Alberto y Carlos se tomaba una limonada fresca que amablemente le había ofrecido la madre de Alberto, éste comenzó a farfullar, elevando cada vez más y más la voz. La mirada perdida indicaba que algo no iba bien y Carlos comenzó a inquietarse. El amor y la alegría en horas punta, con balance positivo y precios bajos, para todos los “monetas". ¡Genial! Algunos espumarajos salían disparados de su boca. Carlos se levantó y dirigió sus pasos hacia el teléfono. Alberto miraba al techo, al suelo, al techo, al suelo. Se frotaba las manos y se agarraba a sí mismo dejando caer su cabeza hacia delante. ¡Mierda negativa, suppurare pus, suppurare pus! De repente relajaba su rostro, miraba a su madre y con una voz muy afeminada le hablaba de tarifar la ira, la tristeza y el miedo a precios elevados, cuanto más elevados mejor, imposible de pagar, sólo por la estirpe de los necios. Madre, mírame, compromiso, cariño, dicha y orgullo. Ámame como soy. Y volvía a dejar caer su cabeza para al instante siguiente gritar: Madre, ódiame. Celos, agonía, dolor y desprecio. Carlos, mátame o déjame morir, por favor. Un gran río de lágrimas surcaba la cara de la madre de Alberto. Carlos desencajado, colgaba el teléfono y regresaba al lado del enfermo. La cogió delicadamente la mano mientras la madre de Carlos se apoyaba en el hombro de Alberto. Todo se calmó y así permaneció hasta que sonó el timbre de la puerta. Eran dos hombres de blanco, fuertes y de pocas palabras. No saludaron, no miraron a los ojos de la madre, ni del enfermo. Robóticos estrecharon la mano de Alberto y agarraron a Carlos por las axilas. Lo levantaron bruscamente y lo arrastraron hasta la puerta. En ese instante, Carlos miró a su madre y le dijo –soledad–, y se apagó para siempre. 


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