No hace mucho tiempo, en un frío día de invierno, esos en que la luz escasea y toda actividad humana se realiza bajo la difusa luz de los fluorescentes, conocí al contador de patatas.

Era un tipo extraño, silencioso hacia el exterior y bastante huraño. Portaba una radio que unía a sus oídos mediante unos vetustos auriculares, hecho que me hizo visualizar a un bebé recién nacido unido a su madre por el cordón umbilical. Creo que ambos casos tenían la misma función protectora. Su apariencia era inquietante. Sus ropas se podrían denominar “vintage”, aunque descarto su revalorización con el paso del tiempo. En realidad era ropa muy vieja, raída y con un acumulado olor a soledad. Sobre fondo blanco, agujeros de todo tamaño que dejaban, entre medias, paso a grandes manchas de todo tipo y color. El poco blanco que subsistía contrastaba con los zapatos, que al paso del tiempo, lucían un apagado negro sucio. La fotografía se completaba con un pelo canoso largo, algo sucio y bastante lioso, agarrado sin nada de gracia, a una goma para formar un pequeño moño. Su cara tampoco se libraba de pelo largo y enmarañado que dibujaba una barba descuidada que resguardaba, aún más, su intimidad o su dolor.

Me senté a su lado, debía explicarme en qué consistía el trabajo, ese que me dijeron que era básicamente el contar patatas, aunque también se trataba de evaluar sus medidas y su calidad a la vista de un hipotético consumidor. Sabía de la existencia de trabajos extraños, pero este me resultaba de lo más extraterrestre. Pensándolo bien, creo que era el trabajo idóneo para la persona ideal. Me planteé si yo sería capaz de ser esa persona ideal. Sin mediar palabra, se levantó y despareció a mi vista. A los pocos segundo apareció con una bolsa de plástico llena de patatas, cortadas en tiras y ultracongeladas. Pesó la bolsa y anotó el peso en una hoja de papel que tenía al lado. Rompió uno de los extremos y derramó el total de las patatas sobre una bandeja de plástico que tenía ya incorporadas grandes cantidades de grasa. Este hecho dio paso a múltiples hechos más, paso a paso, de forma robótica, para llegar a completar la hoja con una veintena de datos. Una reacción en cadena que se desdibujó en el tiempo al igual que el movimiento constante de su cuerpo y sus pies al ritmo de la música que oía.

No me importó que no se dirigiese a mí en ningún momento, ni siquiera para preguntar por mi nombre. Hoy, el primer día de un largo invierno, sentado en el sillón de un melancólico despacho, recuerdo aquel extraño pero digno personaje ensimismado en su contador analógico y ataviado con unos viejos auriculares que le unían a la soledad de un contador de patatas.

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El mecanismo

La canción


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Publicado por JsJFrog @ 12:06  | Escritura votar
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