Quise ser ajo, pero me picaba mucho el corazón.

Probé a ser cebolla. Un chasco, me lastimaba el que a mi lado el resto llorase.

Pasé algunas temporadas jugoso como un tomate, otras turgente como una lechuga y unas pocas tieso como un pepino. Aquí me encontraba cómodo, lástima que repetía como un demonio. Lo dejé.

Intenté ser blandito como un queso de burgos. Se convirtió en una fantasía frustrada. Pasé la mayor parte del tiempo roto o caducado, abandonado en una esquina de la nevera con un frío que pela.

Sin ánimos, probé con las formas líquidas. Error. Al ser aceite me volví escurridizo, y asumir que era vinagre me costó un triunfo. Mi carácter se agrio superlativo.

Para finalizar, creí que la sal era el Grial de la vida y recorrí un largo y tortuoso camino de urticarias.

Y te preguntarás: ¿a que viene todo esto? La proporción de la mezcla y el resultado final lo dejo en tus manos.

"Hay que pasar por un sinfín de realidades para ser una buena ensalada"


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