Una vez abierto mi corazón en canal, ya sólo quedaba una cosa, lo ponía en la etiqueta pegada a mi brazo derecho, conservar en frío una vez abierto.

Raudo, abrí la puerta del frigorífico, me coloqué en la balda más próxima al congelador y con la ayuda de un trozo de perejil cerré la puerta. Eché un vistazo alrededor como el que visita una obra de la calle. Queso de cabra, media cebolla descolorida, un limón moribundo a medio exprimir, un plátano llego de pecas, un cogollo de lechuga lacio, media docena de yogures sin vida, tres o cuatro huevos morenos en situación de alerta y con el código de barras visible. Categoría cero. Al menos sus madres tenían mejor vida.

Empezaba a notarse un poco de frescor y se oía ruido. Mucho ruido. El compresor trabajaba al máximo para poder mantener la temperatura de consigna. Cerré los ojos, recosté la cabeza sobre un tomate huérfano que había a mi lado y me sumí en un profundo viaje. Regresé a mi cuarta reencarnación, el día en que renací siendo ella, siendo crema de almendras. Era fuerte y contundente, pero muy dulce. Eran tiempos extraños y convulsos. Podíamos ser desterradas por el simple hecho de pensar en endulzar un café, encarceladas y apaleadas por hablar con un café, e incluso, ajusticiadas por enaltecimiento de nuestra sensualidad dulce. Recuerdo que fue un tiempo de peticiones; colgábamos nuestras etiquetas sobre las ramas de los árboles y aporreábamos nuestras tapa-cabezas a ritmo como forma de discrepancia. Fueron días en lo que se forjó la leyenda, El Futuro.

El chasquear de las pinzas de los cangrejos que debajo de mí intentaban no quedarse dormidos para evitar una muerte segura, me trajeron de vuelta. Renovado, fresco y renovado. Aparté las cebolletas, saqué de mi nariz una maldita punta de zanahoria y mientras abría la puerta del frigorífico me dio tiempo a salvar la vida a un trozo rancio de mantequilla que caía al vacío.

Sin perder un segundo en cerrar la puerta del frigo, corrí como pollo sin cabeza, y juro que no era por menospreciar o burlarme del sujeto que vivía, dicho esto con todo reparo, en la segunda balda, sino para evidenciar la premura que tenía en abrazarla fuertemente. Ya no me dolía el pecho.

Mis tres niñas son el corazón cosido a mi cuerpo, auténtica etiqueta de calidad


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