Agatita, está linda la mar. Despierta el color cenizo del acero gris. Una mano en blanco. Una mano en negro. Proporciones infinitas sin atractivo, como un nublado. Un petigrís lo roe, ¡hace un gris! En la memoria grises corriendo. ¿Uniforme gris? Gris oscuro. ¿Marengo? No, gris claro, perla gris. Agatita te voy a contar un cuento. Ámbar gris, olor perfumado a ballena de mar. ¿Quién piensa en la oscuridad? Cerebro marengo, consejero decisivo, eminencia gris bañada en plata, en plata gris con olor a azufre. Y una gentil princesita, tan bonita, tan bonita como tú, Agatita. Miles de células nerviosas, edificio medular pintado en gris, sustancia del pensamiento encefálico que mezcla el blanco y el negro hasta el infinito casi negro. ¿Marengo? No, perla gris, Agatita.

La sumisión a un sistema uniformado en gris es el final del potencial creativo. Ágata se sienta y me dice: Yo te lo explico


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